Por: Valeria Ricciulli
José Lugo, un líder comunitario en Reading, Pensilvania, comparte su historia de recuperación de trastorno por consumo de sustancias y cómo su familia y comunidad le brindaron su apoyo.
Esta es la primera entrega de una serie sobre pensilvanos en recuperación del trastorno por consumo de sustancias y cómo el estigma les afectó en su proceso de recuperación. Esta serie es una colaboración entre Public Good News, Centro Integral de la Mujer Madre Tierra y Life Unites Us. Si quieres compartir tu historia, escríbenos a info@publicgoodnews.com.
[Nota del editor: El contenido de esta entrevista ha sido editado para mayor brevedad y claridad.]
José Lugo, 61 años
Coordinador de alcance comunitario y coach de recuperación en Recovery Coaching Services
Reading, Pensilvania
Empecé a usar drogas cuando estaba en Puerto Rico, de joven. Para mí, la droga era como el “passage to manhood”. Tenía entre 16 y 17 años, y comencé con la marihuana, y entonces con cocaína y luego con heroína. Cuando empecé a usar heroína fue que empezaron las consecuencias. Comenzó el desacuerdo, las discusiones con mi familia.
A los 18, mi mamá me dijo que viniera para Estados Unidos porque acá iba a estar mejor. Mi papá me mandó con el hermano mío desde Ponce, Puerto Rico, de donde soy, para Camden, New Jersey, para que yo me mejorara. Pero ahí fui “de Guatemala a Guatepeor” como quien dice. Mi papá era policía, mi mamá trabajaba, así que yo vine de una familia con buenos valores. Yo me junté con gente del barrio y quería hacerme ese hombrecito.
Mi exesposa estuvo viviendo conmigo y de ahí me fui para Filadelfia, caí preso ahí, salí y traté de ir a los programas de rehabilitación, pero los programas no me gustaban. Primeramente, porque no hablaban el idioma mío, entonces no era lo mismo.

El estigma me tuvo detenido de aceptar la ayuda de mucha gente. El estigma son los sobrenombres que le ponen a la gente: “mira eso es un tecato”, “ese es el vicioso”, “ese es el loco o la loca”, “el delincuente”, “mira, es el pillo”. Estos sobrenombres que le ponen a uno, que uno los escucha tantas veces que la autoestima entonces dice, “ah pues tiene que ser que yo soy pillo, yo soy tecato”. Todos estos sobrenombres, se llaman estigma; eso le baja la autoestima a la gente. ¿Qué persona se siente orgullosa de que le llamen “tecato”? Yo me abochornaba, y esa misma mentalidad, y esas mismas palabras me mantenían en ese vicio. Porque aún cuando yo caía preso, aún cuando yo iba a los grupos, me decían lo mismo.
Yo pude analizar quién yo soy y la persona en quien yo me convierto: Son dos diferentes personas, y eso me ayudó mucho en la autoestima, entonces, ¿quién soy yo? Mira, yo soy un padre, soy un hijo, soy honesto, tengo integridad.
Pero, ¿en quién me convierto? ¿Quién soy yo y quién es la persona en quien yo me convierto cuando consumo? Porque nadie nunca me dijo “José, a mí me encanta la persona en la que tú te conviertes cuando tú usas”, todos mis seres queridos, toda mi familia, me decían,“José, ¿qué tú haces?” Tantas oportunidades que tú tienes en tu vida’. Pero todo el mundo lo creía, menos yo.
Pero cuando yo empecé a pensar: “espérate si yo no necesito drogas, si yo soy más tranquilo, más cómico, me veo más bonito, más joven cuando no uso”. Cuando empecé a realizar eso, dije “espérate”, ahí fue que empecé a ser más auténtico, a ser más honesto conmigo mismo, a tener buenas relaciones con otras personas.
Es bien difícil cargar con todos estos sobrenombres y sentirme bien de mí mismo. Cuando yo empecé a sanar esos sobrenombres y quitármelos. Ya no me identifico como un adicto. Las palabras son como una navaja de dos filos, te pueden ayudar, pero también te pueden cortar. La batalla más grande que yo tenía no era con las personas, era aquí en la mente.
Uno empieza a creer las cosas que le dicen: “José, a ti no te van a dar el trabajo. Chacho, tú entrando y saliendo de la prisión, que te crees tú?” Entonces yo empecé a retar esas falsas creencias.
¿Sabes lo que hice? Yo dije, “mira, yo voy a trabajar en el hospital… ¿qué me pueden decir? Que no”. El primer trabajo que me dieron, ¿sabes dónde fue? en el hospital. Y después yo estaba en la universidad. Cuando yo comencé a cambiar la conversación, a cambiar esos sobrenombres, fue que yo empecé a vivir mi vida.
En 1999 vine a Reading a un hogar de transición, y conocí a mi esposa. No había consumido por un tiempito, después volví a consumir…y ya hace 11 años que he estado sobrio. Hace 10 años tenía miedo porque ya tenía 50 años y no tenía nada, entonces me asusté, dije “wow, yo no he pagado seguro social, no tengo casa, no tengo carro, no tengo ni licencia”.
Entonces salí, fui a la universidad de nuevo, obtuve mi licenciatura, y así encaminé esa vida, y empecé a ayudar a los demás. Comencé a trabajar en esta compañía, Recovery Coaching Services, deservicios ofreciendo apoyo de pares. Trabajé ahí y después me hicieron presidente y CEO de la compañía. El año pasado, dije “ya está bueno” y ahora estoy haciendo alcance comunitario y hablándole a los muchachos.
Y dos años atrás, hicieron un mural en mi honor, toda la comunidad que me apoyó. Porque cuando uno se recupera, no se recupera solo. Muchas personas me ayudaron, y yo tuve que aceptar esa ayuda.
El mural hecho en honor de José en Reading, Pennsylvania. Cortesía de José Lugo.

Para el mural, me preguntaron, “¿qué es lo que te ayudó en tu recuperación?” Y yo dije, mi familia, porque a pesar de todo eso, mi familia nunca me abandonó. Ellos siempre veían algo en mí que yo mismo no veía, y nos pasa a todos nosotros.
Cuando yo me crié en Puerto Rico, antes de que empezara a consumir drogas, era una comunidad bien bonita, la familia mía era todo el vecindario. Esos recuerdos, de mi papá cortando el pavo, yo con mi yegua —yo tenía mi caballito, que le ponía hasta una gorra— toda esa sencillez y humildad de mi Puerto Rico, fue lo que nunca perdí y también me ayudó en mi recuperación.
Ahora estoy viviendo en verdad una buena vida y lo más que me gusta es que le estoy contribuyendo a mi comunidad.
Estoy con mi familia, estoy presente en mi trabajo sirviendo a los demás. Me encanta cocinar: anoche hice un poquito de arroz blanco, salmón, con unos camaroncitos y aguacate. Tengo mi auto, tengo mi casa, tengo mi trabajo, tengo mi familia, tengo mi salud, todas esas cosas que yo valoro.
Yo no empecé a usar drogas con las intenciones de estar adicto, de perderlo todo.
Pero se convirtió después en un vicio que se apropia de tu cerebro, pero ahora le doy gracias a Dios que yo no puedo cambiar lo que pasó, lo que puedo cambiar es de ahora para adelante, y yo no me identifico con esa persona, porque esa persona no soy yo. Yo le doy muchas gracias a Dios que ya no vivo así.
Como todo en la vida, hay que mantenerlo y la manera que yo lo mantengo es dando el servicio a los demás.
Si buscas ayuda para el trastorno por consumo de sustancias o la salud mental en Pensilvania, encuentra una lista de recursos aquí.
Este artículo contó con el apoyo de Life Unites Us, una campaña de salud que recibe financiación del Departamento de Programas de Drogas y Alcohol de Pensilvania. Public Good News conserva el control editorial total sobre sus reportajes.





















